Una granja atípica en un pequeño enclave de Tapia de Casariego

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En España hay miles de pueblos casi vacíos. Aldeas cuya población partió hacia la ciudad entre los años 50 y 60 del siglo pasado. Buscaban nuevas oportunidades y servicios básicos que el campo no les ofrecía. Aunque se pusieran en marcha varias iniciativas para incentivar el freno de la despoblación no lograron retener a la mayoría de sus habitantes, especialmente jóvenes, y muchos de esos pueblos llevan años y años casi desiertos. El problema de la despoblación no se mueve de la agenda política; motivado o no por continuar sus líderes en la palestra. Sin embargo, si nos adentramos sobre el terreno, en el medio rural, son los propios habitantes los que dan vida, dan futuro, a esas aldeas con su ahínco por permanecer y salir adelante lejos de propósitos electorales y de un panorama poco alentador. Historias de vida y superación que pone en valor la Asturias rural.  Tamara Castillo nació en Mántaras, un pequeño enclave de Tapia de Casariego, hace 33 años. En medio de un paraje verde y montañoso, con el ronroneo de las alpacas que  llena las instalaciones de serenidad, nos explica que tras ocho años opositando para lograr una plaza de maestra, trabajando como tal entremedias, gestó su proyecto: montar una granja de alpacas, y así, con una ilusión, todo comenzó en 2017, aunque fue en 2022 cuando realizó la formación necesaria sobre el manejo de tan peculiares animales.

Y es que tras visitar una granja de alpacas en Cantabria cuando trabajaba de maestra en La Rioja, se enamoró de estos animales. “Fue amor a primera vista”, ríe. Por eso, cuando decidió dar un giro a su vida rescató la posibilidad de montar una granja en su pueblo y poder así mostrar la singularidad de estos animales de los que “me había quedado totalmente enamorada”. Por ello, y por transitar por una etapa en la que “estaba agotada física y mentalmente de tanto estudiar y opositar. Aprobaba los exámenes con buenas notas y quedaba de las primeras de mi Tribunal pero no lograba plaza, empecé a barajar la posibilidad del emprendimiento, siempre vinculado al medio rural. Siempre aquí, en mi tierra”.

La alpaca (Vicugna pacos) es un híbrido entre la vicuña y la llama, dos especies que conviven en la cordillera de los Andes. Con el paso del tiempo, esos camélidos dejaron de ser endémicos de Sudamérica, y fue a finales de los años 80 cuando comenzaron a criarse en países como Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y Canadá. En Europa su popularidad creció sobre todo en Alemania, Austria y Suiza, aunque en España también hay más censo de alpacas cada año. La Pomposa, un proyecto de agroturismo con seis alpacas de protagonistas se inauguró el julio pasado y desde entonces son muchos los visitantes que estos animales han recibido. Las visitas se realizan en una zona específica de la finca al lado del refugio de madera de los animales y se ofrece una charla donde los visitantes aprenden sobre el origen y el cuidado de estos animales y de su lana. Después, el grupo va al encuentro de las alpacas, y el primer paso para ganarse su confianza es tan sencillo como ofrecerles algo de comer. “Son tranquilas, curiosas y no dan miedo a los niños. Las ven casi como peluches”, destaca Tamara. Es aquí donde animales y docencia convergen, una parte “de la que disfruto muchísimo. Hay visitantes que hasta repiten visita. La alpaca es un animal un poco exótico y genera mucha curiosidad”.

Entre sus objetivos, es abrir la granja no solo a visitantes individuales o familias. También a asociaciones y grupos especializados: personas mayores, niños con autismo, personas con movilidad reducida o con problemas de salud mental. “Las alpacas se comportan diferente con ellos”, destaca la criadora. “Es como si bajaran la guardia y se mostraran especialmente delicadas. Trabajando con ellos se les puede entrenar para sociabilizar y son idóneos para terapia”.

La lana

Además, Tamara ofrece talleres para artesanos y particulares que quieren aprender a trabajar con la fibra de alpaca que es increíblemente suave, hipoalergénica y resistente al fuego, lo que la convierte en un material de gran valor. “Las alpacas se esquilan una vez al año y para ello es necesaria la mano de un profesional. Este año, entre primavera y verano, viene un chico de suiza para hacerlo”. Luego, “ya la proceso yo, porque mi ganadería, en origen, es textil apta para producir fibra”. Primero, se limpia de impurezas. Luego, lavarla, peinarla y secarla. De momento, la tiene en venta en bruto, “no tengo tiempo para fabricar ovillos pero todo llegará”, avanza.

Con una inversión que alcanzó los 20.000 euros, en parte sufragada con fondos del Gobierno del Principado, y tras lograr, “con mucho esfuerzo porque quería que fuese aquí y aunque iba viendo terrenos me encontré con cierta desconfianza por el desconocimiento sobre las alpacas y mi proyecto”, el arrendamiento de dos fincas contiguas que suman tres hectáreas en El Banzao, Tamara levantó el refugio para  seis alpacas macho de la raza huacaya que adquirió a un criador de Extremadura y hoy son referentes en la región.

Para ello, está en continua formación sobre estos camélidos porque son animales “muy delicados y hay que tener un mínimo de conocimientos a la hora de alimentarlos y manejarlos”. Además, “requiere también pasar mucho tiempo entre ellos, yo prácticamente vivo aquí. Son un poco desconfiados, no les gustan las multitudes,  así que hay que sociabilizar mucho con ellos primero”.