Emérita Llano de Ganadería Torre en Cedemonio (Illano): “No solo estoy contenta con la ganadería, sino con que pude salir adelante aprendiendo de la nada”

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Lugares remotos y comunes. Ahí es donde van a parar muchos de nuestros pensamientos cuando apuntan hacia las mujeres del mundo rural. Mujeres que en realidad no paran, que habitan pueblos y aldeas porque les da la gana, que se hacen cargo de negocios que otros dejan o que cogen el relevo de una ganadería en honor y recuerdo de sus antepasados, o que incluso cambian de profesión para defender y mantener su origen. Mujeres fuertes, independientes, a las que no les asusta el trabajo incesante que no solo envuelve una explotación agrícola o ganadera sino la casa, los niños, las cuestiones burocráticas y todo lo que se les ponga por delante. “Mi madre murió con 56 años, y fue un palo para la familia”. De aquella, “me separé y volví para con mi padre, para ayudar en la casa familiar y para cuidar de mis cinco hermanos”, relata Emétira Llano. Meri nos atiende desde la sierra de Buspende, un pastizal “donde tengo las vacas paridas”. Confiesa que “esto es el paraíso. Es una maravilla ver a estos animales felices, en este entorno, con sus crías”, mientras los mugidos de sus reses suenan en mitad de esta nada y rompen el silencio de un entorno “único”. Pero “no siempre fue así. Nací y crecí entre vacas pero nunca pensé en la ganadería como profesión”. De hecho, “cuando me casé tuve una tienda de electrodomésticos pero, hoy por hoy estoy donde quiero estar. Estoy muy orgullosa de haber conseguido salir adelante”.

Comenzó con su padre, Alberto, para ayudarlo. En la actualidad, en el término municipal de Illano, en el pequeño enclave de Cedemonio, Meri dirige la Ganadería Torre, una explotación en extensivo y en ecológico que alcanza las 170 cabezas de la raza Asturiana de los Valles, de las que 115 son madres. “Cuando me incorporé tenía miedo”, recuerda. De aquello hace casi ya 30 años y para establecerse no obtuvo ningún tipo de ayuda. Hasta el técnico de la Oficina Comarcal de Medio rural “tenía sus dudas de si lo conseguiría. Me dijo que no cogiese ninguna ayuda porque el día que faltase mi padre no podría con los animales yo sola y tendría que devolver las subvenciones”. Ahora, “no solo estoy contenta con la ganadería, con mi trabajo, sino con que pude con ello. Pude salir adelante con todo y aprendiendo de la nada”.

Ahora, el manejo de la cabaña “va a mejor. Los tiempos no son los de antes. Tuve de estar paleando nieve durante más de una hora para poder sacar el tractor e ir a dar de comer a las vacas”. Y es que “luché mucho en la vida. Me incorporé al sector por obligación pero aquí estoy, aguantando todo lo que puedo.”, subraya Meri.

Caballos

La clave: la organización. Su día comienza poco antes de la siete de la mañana y “empiezo visitando a las vacas que más urgencia tienen, como las próximas a parir, por si hubo algún parto en la noche”. Y es que la ganadera tiene el ganado al pasto separado en 5 o 6 lotes, desde las recién paradas, las novillas y las primerizas, entre otros. Aunque siempre surgen imprevistos, “también tengo caballos, unas 40 cabezas en los montes, y te puede faltar alguno y tienes que andar buscando”.

Además, conservando la tradición familiar, también cultiva el huerto, para consumo propio: patatas, cebollas o frejoles llenan su despensa o arcón. Sin olvidar que también se encarga del alimento de su cabaña. Hace silo para superar la crudeza del invierno, unas 700 bolas. Para ello, “cuento con la ayuda de mi hermano Miguel”. Luego, “el resto del verano me lo paso con la desbrozadora al hombro. Es el contra del ecológico, que al no poder usar ningún tipo de herbicida, tienes que echar horas y horas limpiando los cierres”.

Ganadería Torre también cuenta con cebadero. “Cebo todo lo que nace en la ganadería. Ahora tengo 32”. De hecho, “tengo como 60 recrías nacidas aquí, porque aquí no todos los animales salen adelante. Tienen que ser animales duros para superar los inviernos, la montaña, que también los pasan al pasto”.

Su pasión: las flores. Custodia más de 300 macetas y cuando “estoy un poco triste o cansada son  mi terapia”. Bregando con ellas, quitando alguna flor o hoja seca, regando, “se me olvida todo”.

Su hija Laura también la ayuda mucho los fines de semana, “es la doctora, estudió en  Santiago de Compostela y venia igual todos los fines de semana a ayudarme y porque le gusta mucho esto. Ahora saco plaza en el hospital de Jarrio, para quedarse cerca y está muy contenta”, explica Meri orgullosa y contenta porque estará trabajando muy cerca.