Arraigo a la tierra y a la ganadería

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Según la Organización de Naciones Unidas -ONU-, las mujeres rurales representan más de un tercio de la población mundial y el 43% de la mano de obra agrícola. Manejan el ganado, labran la tierra y plantan las semillas que alimentan naciones enteras. Asimismo, garantizan la seguridad de la cadena alimentaria de sus poblaciones y ayudan a preparar a sus comunidades frente al cambio climático. El 15 de octubre, Día Internacional de la Mujer Rural, declarado por la ONU en 2007, tiene como objetivo reconocer el papel tan decisivo y fundamental que desarrollan las mujeres en las labores agrícolas, ganaderas y en el procesamiento, la preparación y la distribución de cultivos y alimentos. Casi nada la responsabilidad. Sin embargo, se trata de una meta que aun parece algo lejana.  Gestionan sus empresas y explotaciones, toman decisiones y se dedican al campo. Aportan sus conocimientos e ideas, y siguen formándose para mejorar la gestión que llevan a cabo y para contribuir a un relevo generacional muy necesario. Así es la realidad de las mujeres rurales, quienes cada año aúnan y alzan sus  voces para contar que son incapaces de concebir su vida sin ese arraigo a la tierra, a su tierra. Su nombre: Esther Fernández Rodríguez, y forma parte de una generación que tomó un día el testigo en el campo, no solo aportando su trabajo sino adoptando nuevas  formas dando visibilidad a la labor de la mujer en el medio rural. Aprendió el oficio de sus padres, Emilio y Esther, que cumplió 92 años. Nació en San Esteban de Relamiego, parroquia rural de Tineo, hace 60 años en el seno de “una familia de campo, de labranza. En mi casa siempre hubo ganado. No me gustaba estudiar, hice el graduado escolar y me quedé en casa ayudando en las labores de la ganadería. Siempre me gustó el ganado y me gusta todavía”.

Las mujeres, como los hombres, tienen un papel fundamental en el medio rural. No es cuestión de género, sino de igualdad. De reconocimiento. “En la casa en la que yo nací no creo que pudiese salir adelante sin mi madre”, explica Esther, que recuerda que “cuando mi madre dio a luz a mi hermano pequeño bajaba yo a la cuadra a ordeñar, con la ayuda de alguna vecina, porque mi padre nunca fue capaz a aprender. A los cuatro días del parto, mi madre ya estaba trabajando”.

Se casó con Cayetano García, también del municipio tinetense pero del núcleo vecino de La Pereda, donde instauraron su ganadería cogiendo el relevo de sus suegros. Lejos de los cánones de la época, donde la mujer permanecía a la sombra de un patriarcado cuya única actividad reconocida era el cuidado de la casa, Esther siempre trabajó codo con codo con su marido. “Cuando empezamos había unas 12 vacas de leche y alguna novilla. Poco a poco fuimos comprando alguna vaca más y haciéndonos con maquinaria”. En 1990, “hicimos una cuadra con amarre fijo y ordeño directo”.

Reinvención ganadera

La reconversión que está viviendo el campo que urge un relevo generacional que no solo dé continuidad a las explotaciones sino que inyecte en ellas la innovación necesaria que, combinada con la experiencia de las generaciones más mayores, sea capaz de enfrentar los desafíos de un mercado cada vez más global implica que “siempre hay que in un poco más allá. Más inversión. Y llega el momento en que tu sola no puedes con todo. Mi marido encontró trabajo en la mina y mis dos hijas no querían quedarse con las vacas, así que un paso adelante y decidí venderlas. Reconozco que nunca me pesó. Mi calidad de vida mejoró y sigo trabajando con animales que es lo que me gusta”.

Y es que Esther, lejos de amedrentarse, demostró su capacidad de reinvención. Desde hace 19 años trabaja en el equipo de sustituciones ganaderas de la cooperativa Agrovaldés, gracias al que los ganaderos pueden disfrutar de algún día libre. “Trabajamos por jornadas, de mañana y tarde, y realizamos todas las labores de la cuadra: cebar, ordeñar o limpiar”. Solo hay una peculiaridad con respecto a la titularidad: “a no ser que quede alguien de la casa, nunca se sacan las vacas de la cuadra porque es muy complicado el amarre ya que nos las conoces. Pero si hay alguien de la casa, se ayuda a sacarlas y recogerlas por la noche”. Luchadora, entregada y con iniciativa. Entre tanto, recepciona y albarana pedidos en la cooperativa y también estuvo en su quesería. “Yo nunca digo que no. Se me puede dar mejor o peor, pero intento hacerlo lo mejor posible”, ríe.