Agricultura y apicultura, el binomio que recuperó en Casa García

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De acuerdo al Informe Anual de Indicadores del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (2021), el descenso de la población joven del medio rural es progresivo desde los años 70. La marcha de los más jóvenes ha provocado que en la actualidad 7 de cada 10 personas de nuestro país vivan en áreas urbanas, un dato medio que no refleja la realidad de algunos pueblos como Vilarín, parroquia de Balmonte, término municipal de Castropol, donde únicamente quedan dos vecinos que habitan un mismo hogar durante todo el año. “Yo me crie aquí. Tenía claro que quería vivir en la zona”. Esa podría ser la carta de presentación de Andrea González González, que en 2008, en plena crisis económica, decidió apostar por el campo como complemento a su medio de vida. “Hice una cosa que la gente suele hacer en tiempos de crisis: examinar tus recursos propios. Hacer un examen de las cosas que tu sabes hacer y de los recursos que tienes y que podrías aprovechar para una idea de negocio”. Conversamos sobre el tema, pero pronto se interrumpe la entrevista. La apicultora estaba recogiendo arándanos; hay que aprovechar la jornada “que para mañana dan lluvia”.

Andrea nació en el seno de una familia ganadera y “siempre tuve contacto con la apicultura tradicional”, que era una parte más de la economía de Casa García. Desde su niñez, “ayudaba a mi padre, Manuel, con las abejas”. Por ello, porque era una actividad que conocía y que le gustaba, comenzó a formarse y aprovechó las colmenas con las que ya contaba el caserío como base a su proyecto. Poco a poco fue aumentando cabaña hasta sumar los 220 abejares, divididos en 6 colmenares, de los que dispone hoy.

Estudió Derecho y trabaja a media jornada para la Administración local, y desde 2011 se hace cargo también de ‘Miel Tu Colmena’ (www.tucolmena.com), una iniciativa empresarial y divulgativa que completó con la producción de arándanos en una parcela de 5.000 metros cuadrados al lado de su hogar. “El empezar con estas dos actividades de manera profesional me permitió volver a casa; volver a Vilarín definitivamente en 2013, y es un proyecto que me reportó muchísima satisfacción. Recuerdo que no me gustaba el huerto. Ayudaba a mi madre pero porque tenía que hacerlo. No era algo con lo que disfrutaba pero con el arándano la historia cambió. Disfruté y disfruto de todo el proceso. De plantarlos, verlos crecer y recogerlos”.

Nuestra emprendedora explica que “ambos sectores son muy bonitos pero cada año son más complicados”. El cambio climático que atravesamos nos perjudica a todos pero quizá “a los insectos más que a nadie. Las abejas se ven muy afectadas. Están adaptadas a un determinado ciclo climático y en nuestro territorio tenía unas estaciones bien macadas”. Hoy en día, “esto ya no es así. El clima cambió de tal manera que en pleno invierno nos encontramos con temperaturas veraniegas”. Andrea explica que estas temperaturas rompen su ciclo, “el invierno ya no es tiempo de recogimiento y descanso  sino que están activas en unos meses en los que aun no hay floración”. Además, resalta que este año la sequía “está influyendo muy negativamente en el pecoreo”.

Por otro lado, “nos enfrentamos a una subida de precios constante tanto del material como en la alimentación de las abejas y a una bajada de las ventas por la crisis económica”. Sin olvidar, la problemática con la vespa velutina, que perjudica tanto a los colmenares como al cultivo del berry.

 

Mercado semanal

Andrea reconoce que “todo fue en evolución. Vas aprendiendo de los errores”. En un principio, plantó cinco variedades de arándanos. “Estoy a una altura de más de 600 metros y vi que las variedades tardías no iban bien y las fui eliminando”. Ahora, en un cuarto de parcela recoge bayas en julio y agosto, variedades tempranas e intermedias. Al bajar la producción apostó por comercializar su propio producto en el ámbito local evitando así intermediarios. “Recuperé la tradición de bajar al mercado semanal de Vegadeo en verano, al que ya iba mi abuela a vender el excedente de la casería y escarpinos -calcetines de lana- que ella confeccionaba, algo que me hace muchísima ilusión”. De hecho, “fui muy bien recibida en el mercado y es una experiencia que me gusta mucho por su gente, tanto por la clientela como por los productores que van a vender”. Aprovecha para vender su miel, de brezo, aunque la puedes encontrar durante todo el año manteniendo su filosofía la venta “directa y comercio de proximidad”.

El futuro, incierto. A la cada vez más grave situación económica, la cual pone en brete la rentabilidad de las explotaciones agropecuarias, se suma un factor que Andrea considera que puede resultar determinante no solo para abandonar la actividad sino incluso su pueblo. Desde principios de los años 90 en los montes de Vilarín no se cazó de manera regular. Siempre, bajo una u otra figura cinegética, este territorio estuvo vedado a la caza. En 2011, cuando revivió de nuevo la aldea con la agricultora y su marido, la Administración regional le aseguró 10 años más de “tranquilidad y aventuró que podría ser permanente”. Sin embargo, “un cambio de opinión injustificado por parte del Principado puede determinar que la calma, que fue determinante para el regreso al pueblo, se acabe, y con ella esta segunda oportunidad que le dimos al pueblo que llegó a estar inhabitado”. Y es que las molestias que causan las batidas son incompatibles “con una vida apacible, que es algo inseparable del proyecto vital emprendido hace ya más de una década”, concluye.