Labrando desde la raíz

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Por Sabina Rubio

Entre los 50 y los 70 el modelo de desarrollo económico en boga hizo que muchos pueblos no pudiesen ofrecer una vida digna a sus habitantes y los arrojasen a las urbes y a las industrias de la época en busca de una oportunidad laboral. Éstos volvían en vacaciones y aunque las aldeas españolas se despoblaron, se mantuvo la nostalgia de lo rural: “yo nací en Gijón. Mis abuelos paternos, Adelaida y Alfredo, vivían aquí y yo venía regularmente a Muñó (Siero)”, explica con orgullo nuestra protagonista. Una época que rememora como feliz y siempre ligada al campo y a los quehaceres del caserío con labranza y ganado que requerían de la familia en épocas de apuro.

Los pueblos olvidados están resucitando y los hijos de aquellos emigrantes están volviendo para hacer las paces con la tierra que echó a sus padres. Jóvenes, preparados y conscientes de la necesidad y efectividad de la formación en el ámbito, buscan poder establecerse con, sin duda, mayor calidad de vida concediendo una nueva oportunidad a sus orígenes. Gracias a las tecnologías, al espíritu emprendedor de los nuevos habitantes y a la necesidad de forjarse un futuro laboral, están surgiendo negocios prósperos, modernos, aunque con base tradicional, y conscientes que consiguen que los talentos de sus creadores puedan desarrollarse, que les permite establecerse en los territorios y generar progreso a su alrededor en un sector que la mayoría auguran en declive.

Las mujeres juegan un papel fundamental en la economía rural según el informe Mujer Pobreza y Desarrollo Sostenible, publicado por la Fundación COPADE en 2018. Alcanzan cada vez un mayor protagonismo en la economía rural, pues el 54% de las personas que deciden emprender un negocio son mujeres frente a un 46% de hombres. El estudio también destaca que 8 de cada 10 emprendedoras rurales son autónomas y que apuestan por iniciativas que ofertan productos o servicios carentes en su entorno. Begoña González Payo ha visto cultivar la tierra desde que tiene uso de razón. El amor a la tierra y a sus raíces la hizo regresar a Muñó, a la tierra que con trabajo y esfuerzo labraron sus abuelos pero antes sus bisabuelos y tatarabuelos. “Aunque ya nací en la ciudad, siempre tuve una relación estrecha con el campo. Me apetecía cambiar el ritmo y nos instalamos aquí. No hay color. El tiempo corroboró que fue una decisión acertada”. Con los terrenos familiares a su disposición, decidió crear Arándanos y Manzanas en Muñó desde los cimientos. El cultivo del arándano se le presentó de casualidad, pero los manzanos llevan en su familia durante generaciones. De hecho, “algún pumar queda de la época de mi abuelo y bastantes de la de mi padre, Maximiliano, que no llegó a ver la plantación y creo que le hubiese gustado”.

En 2013

Tras realizar a través del Servicio Público de Empleo un curso formativo, decidió diversificar. “En la familia había pomaradas, siempre se vendieron manzana al llagar, pero no tenía idea de arándanos. La formación me dio una visión moderna sobre el tema”.

 

Comenzó a planificar la plantación allá por 2013 con una extensión de media hectárea cubierta por unas 1.500 plantas de seis variedades de maduración escalonada que le permite recolectar la baya a lo largo del verano y principios del otoño en el barrio de La Cantera. En 2016 recogió la primera cosecha, y el año pasado contabilizó una producción de tres toneladas, que comercializa a pie de finca, “que está funcionando muy bien”, y sirviendo el excedente a una cooperativa. Asimismo, se está iniciando en la venta online a través de la página web y redes sociales.

Cuenta con personal externo para la recogida, pero el peso fuerte de la finca lo lleva a cabo Begoña: el mantenimiento, como el desbrozado y limpieza, y la poda. “El negocio podrá ir mejor o peor, pero personalmente estoy contenta, el día a día en la plantación es muy agradable. Eso no lo cambio por nada. Yo tenía la duda porque nunca había trabajado en el campo. Si lo había visto durante toda mi vida. Había ayudado en casa con la manzana, con la huerta, con la hierba o con lo que fuese pero nunca lo había tenido como propio. No es lo mismo pero aquí me quedé”, ríe.

Utiliza métodos de cultivo tradicional y aprovecha las condiciones climáticas y edafológicas de la zona para conseguir un fruto de alta calidad y sabor diferenciado. Buscando siempre la mejora, en este momento se encuentra en conversión a ecológico, además de “por convicción personal”, porque detectó la preocupación del consumidor “por lo que come”. No obstante, “todo siempre fue bastante natural. Todo lo más que podía utilizar era un herbicida por quitarme algo de trabajo en el desbrozado, pero si no había necesidad no echaba ningún tipo de fitosanitario. Es una agricultura tradicional  más que convencional”.

Continuando con la tradición, en 2015 plantó 5.000 m2 de manzanos de sidra con variedades de D.O.P. (Denominación de Origen Protegida), que posteriormente completó con mil metros más de poma de mesa, que aguarda el fruto con incertidumbre pero a la vez con optimismo: “es un terreno poco explorado. Aquí toda la vida la hubo pero no se por qué la manzana de mesa está tan denostada”.