Con pasado, presente y futuro

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Así es la historia de nuestra región  y de tantas: mujeres orbitando alrededor del astro de la casa, que callaban y dejaban hacer; fieles, pacientes, buenas madres, hijas, nueras y abuelas, limpiando las tumbas y llenándose las manos de cal cada año, sabedoras de remedios, ceremonias y nanas; maestras, hermanas, hablando bajito entre ellas, convirtiéndose en cobijo y alimento; transformándose, con el paso de los años, en una habitación más, en una arteria inherente a la casa. Nuestro medio rural, que el 15 de octubre celebra el día internacional de sus mujeres, necesita otras voces que lo relaten. Una narración que descanse en sus biografías, en aquellas de todas esas que se rompieron las alpargatas pisando tierra y agrietaron sus manos a consecuencia de horas y horas de fesoria. Sin duda, sin esas historias, hoy nosotras no estaríamos hablando de medio rural en femenino y menos aun de un futuro en el medio rural. “Había mucha unión entre las mujeres. Si estábamos malas, nos ayudábamos. Teníamos que dar perras cuando se moría alguien o estaba malo. Primero un duro, luego cinco después veinte. Antes no había seguro y si una vecina tenía que pagar el entierro todas colaborábamos”, resalta María Florentina Fernández.

Nació en Manzaneda, concejo de Gozón. Lugar en el que reside y “del que nunca me fui”. Creció en el seno de una familia “que siempre se dedicó al campo”. Una tradición a la que ella le dio relevo. “Todas las mujeres éramos como hermanas. Íbamos juntas a vender a la plaza y nos complementábamos. Con lo que nosotras sacábamos por los mercados, gobernábamos la casa”. Su madre, “siempre segó como un paisano. No se le ponía nada por delante”. Un carácter que heredó Florentina, que a los 21 años se hizo cargo de la casería, Casa Serafo,  porque “mi madre murió muy joven, de un infarto. Yo ya estaba casada. Me casé a los 18 años, el mismo día que el primer hombre subió a la luna: el 19 de julio de 1969”, ríe.

Florentina es un ejemplo de vida entregada al trabajo. Una de esas mujeres rurales que conforman la cuarta parte de la población mundial y a la que nunca le ha asustado la ardua tarea de labrar la tierra u ordeñar las vacas a última hora del día, cuando el manejo de la granja después de una jornada sallando cebollín a pleno sol se le hacía a uno cuesta arriba. La casa contaba con cinco vacas “pintas, para la leche. Y cuatro ‘roxas’, para ‘xuncir’. Antes no había tractor. Se necesitaban para los trabajos de la huerta”. Y en su casa siempre “hubo tradición de ir a los concursos. Tengo fotos ya de  mi abuelo. Fuimos a muchos concursos y nosotros siempre tuvimos buenas reses. Antes había muy buen ambiente. Tenemos de ir a Salamanca con el Ayuntamiento de Avilés”. Madre de dos hijos, a pesar de estar jubilada, aun vela por 12 vacas Asturiana de los Valles y dos ‘xatos’ que está criando. “Todavía esta noche salí a la cuadra porque había una en parto -referida al día de la entrevista-” con las que aun acuden a los certámenes ganaderos.

En el mercado

El caso de Florentina es el de una gozoniega de 71 años que desde joven ha colaborado en la casa familiar, que ha roto moldes y ha abierto el camino hacia la igualdad de nuevas generaciones.

“Iba todas las semanas a la plaza. Mi madre ya iba por el verano a Luarca. Yo iba a Avilés”. Vendían pimientos, lechugas, tomates, patatas o cebollas. “La huerta siempre fue un buen complemento para la casa”. Recuerda que, “en la época de vender la planta de pimiento, siempre podías darte un capricho. Algo que necesitabas para la casa como una batidora. Y les podías comprar a los críos como unos playeros, que ya te pedían de una marca u otra, o alguna cosa que necesitaban”.