Dinamizadoras del territorio

0
4201

Históricamente, las mujeres siempre han tenido un papel fundamental en el sostenimiento de las comunidades rurales. Aunque la sociedad las empujaba a mantenerse en un segundo plano, han tenido que hacerse cargo de liderarlas en muchas ocasiones, cuando los hombres tenían que partir a la mar, a la trashumancia o a la guerra. Siempre se han mantenido ahí como nexo de unión, como el pegamento de la comunidad, permitiendo con su esfuerzo, tesón y trabajo, en gran mayoría de los casos muy poco valorado, que los pueblos se mantuviesen vivos, que prosperasen y que pudiesen desarrollarse. Según el informe aún vigente ‘Emprendedoras Rurales en España. Análisis con datos GEM 2021-2022’, el papel de las mujeres emprendedoras rurales es clave para la revitalización de las zonas más despobladas del país, gracias a su capacidad para generar empleo y crear riqueza en muchas familias. Patricia Suárez Llano regenta La Casona en Belmonte de Miranda. Ubicada en el enclave de Oviñana, este negocio de agroturismo fue fundado por su madre, Margarita Llano, hace casi un cuarto de siglo.

Sus raíces se soterraron en El Valle de Begega, una de las aldeas que sepultó la mina de oro. Es por ello que en 1996 la familia tuvo que volver a empezar. Lejos de amedrentarse, “mis padres con el dinero de la expropiación compraron La Casona y la rehabilitaron”  transformándola en alojamiento y convirtiendo así a Margarita en una de las emprendedoras pioneras del turismo rural en Asturias. “No fue un cambio deseado, el quedarnos sin casa, pero ahora miro atrás y el cambio fue para bien. Mi madre siempre fue ganadera y le surgió la idea del alojamiento rural porque la casa era y es muy grande y le fue muy bien. Hay huéspedes que llevan 20 años llamándola por teléfono en Navidad”.

Patricia siempre se ocupó en el sector del turismo, tanto aquí en la región como en Mallorca, donde además de trabajar en un gran multinacional que la dotó de gran experiencia en el ámbito, finalizó sus estudios universitarios en Turismo. “Siempre trabajé y estudié”. Pero “cuando ya tienes familia ya te cambia un poco la perspectiva y consideré, coincidiendo con que mi madre se jubilaba y que La Casona era un negocio que funcionaba, que el medio rural era el lugar idóneo para criar a mi hija, lejos de la aglomeración y el bullicio de la ciudad”. De este modo, en 2018, y tras más de una década en Palma, retornó a su lugar de origen y se hizo cargo del negocio familiar.

Y es que, el rol de la mujer está cambiando y su papel como impulsoras de las economías locales y en la repoblación rural se está volviendo fundamental, promoviendo negocios que no sólo buscan generar un impacto económico sobre ellas mismas y generan riqueza y trabajo en sus territorios, sino que también se plantean y buscan generar un impacto positivo en su territorio, tanto a nivel ambiental como social. El emplazamiento pone a disposición de los turistas cuatro habitaciones y un apartamento que en periodos vacaciones suele colgar el cartel de completo. Todo gestionando a nivel familiar. “Mantenemos clientes, de todas las partes del mundo, de la época de mi madre, y los hay incluso que se disculpan por no poder venir un verano”. Al final, es un turismo “muy cercano con el que estableces mucha relación. A las personas que les gusta este tipo de turismo les gusta empaparse de la zona”.

Las reservas se formalizan a través de su página web (lacasonadebelmonte.com) y a través de diferentes portales de reservas pero “estamos intentando potenciar los canales directos  y no dejarnos influir tanto por los portales de reservas porque si es cierto que te posicionan a nivel mundial pero las condiciones son muy altas”.

Tradiciones

Hoy en La Casona conviven cuatro generaciones. Patricia y su hija Miranda de siete años y,  además de su madre, su abuela Isabel, más conocida como Tita, quien llegando a los 97 años aun tiene labor en el alojamiento. “Ella es la encargada de dar de comer a las gallinas”, destaca Patricia. En su hogar, el que comparten con los huéspedes, se denota la esencia de la cultura de antaño, manteniendo tradiciones, como la matanza, “la panera aun la utilizamos para curar los chorizos”, o la elaboración de sidra con las manzanas que crecen en su pomarada, y de un estilo de vida que Patricia cuida y muestra al mimo.

Conservan la ganadería y preparan la huerta para primavera, donde recolectaran los productos para sus afamados desayunos, todo de elaboración casera “dependiendo de la época y siempre que se pueda”. “Funcionamos como las casas de campo de toda la vida”, incluso “si el fin de semana que hacemos la sidra hay gente en La Casona, que abre de Semana Santa a final del verano, pueden participar  y les presta mucho ver cómo se hace”.

Patricia reconoce que “aun estoy aprendiendo porque en el campo nunca dejas de aprender. Se necesita mucha experiencia para saber, por ejemplo, cómo y cuándo sembrar una determinada hortaliza. Creo que se necesitan muchos años de rodaje”, ríe.