Tiempos inciertos, época de supervivencia

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Su presencia en el mundo rural y al frente de explotaciones ganaderas comenzó a ser una realidad a finales del siglo pasado. Muchas vienen de familias con tradición ganadera, pero muchas otras decidieron hacer del campo su hogar y acabar con la brecha social que hacía de la ganadería un mundo ligado al hombre. Gracias a su tesón, sacrificio  y a su vocación, capaces de romper barreras hasta hace poco infranqueables, las mujeres ganaderas en España ya están al frente de un tercio de las explotaciones que se cuentan en nuestro país -en España hay casi un millón de explotaciones ganaderas tanto grandes, como medianas y pequeñas (969.193) según los datos del Sistema Integral de Trazabilidad Animal (Sitran)- . Pero aun son muchas las mujeres que viven y trabajan en un mundo rural que, sobre el papel, no les pertenece. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, las mujeres representaban casi la mitad de la población rural en 2019 en España. En el segundo trimestre de 2020, el 23,5% -alrededor de 180.000 mujeres- de la mano de obra agrícola del país, incluida la ganadería, la silvicultura y la pesca, eran mujeres. Sin embargo, según el último censo agrario del INE, sólo uno de cada cinco jefes de explotaciones agrícolas es mujer. Ana García Fernández es una de ellas.

“Hay muchas mujeres que trabajan en la ganadería y siempre las ha habido. Lo que no han tenido es una explotación a su nombre. Pero mujeres ha habido siempre. Eran las que cuidaban a los animales, la casa y de todo y todos para la supervivencia familiar. Eran un motor económico muy importante para la casa. Comparada con mi madre o con mi abuela yo no trabajé ni trabajo la mitad. Ahora hay maquinaria. Pero ellas trabajaron como mulas, de sol a sol. No sé si es que la mujer rural no lo es, que no se tienen en cuenta y la imagen que se muestra de nosotras está totalmente desacertada”, resalta la ganadera, quien con 26 años se hizo cargo de la ganadería familiar en la localidad de El Monte, concejo de Tapia de Casariego. “Cogí el relevo de una ganadería de leche que ya estaba obsoleta, porque mis padres ya eran mayores, y la reconvertí en una ganadería de carne en extensivo de producción ecológica, creo que fui la primera del municipio, especializada en la raza Asturiana de los Valles”. La primera inversión fue en la compra de cuatro madres con cuatro xatas. A los meses, “compramos un semental. Y así, poco a poco”. Hoy cuenta con una cabaña de 49 cabezas que pastan por una superficie que, entre diferentes localizaciones, alcanzan las 40 hectáreas.

“Estoy contenta con mi decisión, pero te pones a echar cuentas y te desesperas. Desde hace un par de años atrás, me voy descapitalizando poco a poco”. Y es que, “me falta apoyo, no sé si la gente desconoce la envergadura que está tomando esta crisis del sector. Estamos fatal. No salen las cuentas y las ganaderías están cerrando. Si vuelven a cerrar fronteras, como ocurrió durante el Estado de Alarma, España no tendrá la soberanía alimentaria que tuvimos aquel entonces, y me pregunto: ¿Qué comerá la gente?”. Cada vez se paga menos por la carne mientras que suben los costes de producción; aumenta el precio del pienso o de los cereales. “El transportista que me lleva los ‘xatos’ al matadero ya subió cinco euros por cada uno debido al incremento del gasoil. Y así todo”.

Y es que quienes dividen la labor en el campo entre físico e intelectual está claro que no han sido partícipes de todo lo que tienen que hacer las manos que nos dan de comer. Ana siempre colaboró en casa: “siempre fui a la cuadra. Si tocaba ordeñar, ordeñaba. Atendía partos, cogía el tractor, incluso cuando estaba estudiando”. La sangre ganadera. Esa herencia de abuela a madre y esta a hija se denota en su valentía y sacrificio. No la asusta el trabajo duro. Está en una incesante lucha por mantener su explotación, de carácter prioritario, en activo. “Cuando me casé, decidimos que si queríamos mantener el núcleo familiar unido, para que mi madre y mi abuela no fueran para una residencia ni mis hijas a una guardería, me enganchara a la ganadería”. En aquel momento, “sabíamos que con 40 vacas de leche no podíamos vivir. Así que mi marido salió a trabajar fuera y yo fuí creciendo poco a poco. Me gusta lo que hago pero el futuro es muy incierto. No se puede vivir con una constante pérdida de dinero”.