Faba con historia y tradición familiar

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Aunque estamos acostumbrados a narrar historias que parten de un patriacardo, de un medio rural que invisibilizaba a la mujer; de féminas que en muchos casos tuvieron que soportar a los hombres de manera abnegada, incluso impuesta, esclavas de un brega ingente que comenzaba con el cuidado de los niños o ancianos y acababa en la cocina tras limpiar la cuadra, ordeñar las vacas, segar la hierba o cuidar el huerto que una vez en producción les daría de comer, que también les serviría de moneda de cambio en el mercado semanal o simplemente para subsistir en un entorno con escasas posibilidades para sacarse un perrón. Labores tan duras y constantes como dignas, pero especialmente nada valoradas escondidas bajo la titularidad masculina. A pesar de su determinación, a menudo fueron menospreciadas pero su afán constante de superación por sacar a la familia adelante han contribuido a conseguir y mejorar esa igualdad por la que hoy aún hay mucho que luchar; una brecha de género latente pero con un debilitamiento notable.

Existen historias diferentes, con personajes especiales que aún viven de manera entrañable y patente en la memoria de sus cercanos; historias basadas en el reconocimiento y el respeto, que priorizaban y preservaban la unión y el bienestar familiar sobre todas las cosas. En la localidad de Abres, concejo de Vegadeo, vivía Alejandro Martínez Noceda con su mujer y sus dos hijas, quienes no dudaron en ponerse al frente del negocio cuando la situación apremió. 

En 1992 iniciaban lo que hoy, y desde 2013, dirige Rocío Martínez Fernández: una plantación de fabas que ya suma las tres hectáreas con un rendimiento de 5.200 kilos amparados por la Identificación Geográfica Protegida (IGP) Faba Asturiana en la pasada campaña. Antes de Rocío, fue su hermana Isabel la titular, que recogió el testigo a su madre tras jubilarse. Sin embargo, ésta prefería la ganadería y hoy conduce una en el concejo. “Como llevaba desde niña ayudando a mi padre y el campo es un negocio que conozco y me gusta mucho decidí quedarme yo con ello. Primero estuvo mi hermana porque teníamos que trabajar y pagar letras, pero no le gustaba”, aclara la agricultora.

El tesón y buen hacer en el cultivo y manejo de la faba de este triángulo femenino, les hizo conseguir la distinción a la mejor calidad certificada 2012-2013 por el Consejo Regulador, y poder contar con un producto con ‘Calidad Excelente’ avalado por la IGP. El secreto, quizá no desprenderse de esos procesos tradicionales inculcados por su progenitor, además de estar presente en cada fase del cultivo. De hecho, hasta hace dos años, “hasta que nos conseguimos hacer con un motocultor abríamos los riegos con un arado y un caballo, echamos las fabas a mano, aquí lo llamamos ‘pingando’, y las tapamos con los pies”. 

Pero hasta aquí no se llega sino con mucho tesón heredado de un padre y la valentía de tres mujeres que no se rindieron. Cuando su marido enfermó, Esperanza Fernández Díaz dio un paso al frente, con la ayuda incansable de sus descendientes. Además de con la ganadería, compuesta por 120 reses de carne entre vacas, novillas y terneras, que redujeron a las 80, continuaron con la siembra de la alubia. “Estábamos acostumbradas a trabajar. El primer año que sembramos fabas, mi padre trabajaba para fuera con un tractor, así que éramos nosotras tres las que nos ocupábamos”, recuerda Rocío. 

Marca propia: Fabeo

En 2002, tras su fallecimiento, “la situación era complicada. Había deudas que pagar y decidimos tirar para adelante. Trabajamos muchísimo, fue muy duro. Compaginábamos trabajo y estudios, junto con sobrellevar la falta de mi padre”, explica la agricultora. Cuenta con marca propia, Fabeo, con la que el año pasado distribuyó 500 kilos de faba, en envases de kilo y medio kilo para particulares y de 5 y 10 kilos para hostelería. “Ahora empezamos a ir a alguna feria o mercado. Se vende lo justo pero nos ayuda a darnos a conocer”. 

No obstante, y a pesar de la aceptación, ve el futuro “complicado si no se toman medidas de quien siembra y quien no, y si no se toma control de precios, calidades y sanitarios. Esto es lo que está tirando el mercado”. Asimismo, en cuanto a la comercialización, “nos deberían ayudar más. Tendríamos que abrirnos a la exportación, es ahí donde creo que está el futuro. Pero abrirnos todos; el pequeño productor, el grande y el mediano. Para mi los productores adscritos a la IGP no son competencia. Considero que son competencia aquellos que plantan fabas y que no la declaran o no están en regla”. 

Compaginó el trabajo a media jornada en una asesoría con la tierra hasta que decidió dedicarse a ella definitivamente aprovechando la ayuda del Gobierno regional a la incorporación de jóvenes a la actividad agraria y un plan de mejora, que le permitió hacerse con una nave, un tractor y demás maquinaria necesaria para el laboreo de la faba.